Si algo positivo hemos aprendido individuos y sociedad en todo el mundo tras la declaración de la OMS, el pasado 11 de marzo, de pandemia global por el COVID-19 es que la tecnología abre una puerta —aunque sea virtual— por la que entran soluciones y esperanza en un escenario de incertidumbre y confinamiento.

Artículo de Opinión escrito por Marina Calvo, Técnico de Comunicación Internacional en MAPFRE

Por lo que se sabe, el virus COVID-19 se originó en China, que además de un gigante económico es también uno de los países que encabezan, en el Top 20, la clasificación de Innovación, que publica anualmente la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, y segundo por número de grupos más punteros en ciencia y tecnología. Esa potencia digital y tecnológica ha sido importante en la gestión de la pandemia por parte del país asiático.

Singapur, considerado el país que hasta la fecha ha creado la mejor respuesta ante el virus, ha sido capaz de reconstruir en uno o dos días desde la detección de un nuevo caso la cadena de transmisión de un infectado a través de una ágil base de datos y de una toma de decisiones inmediata que solo permite el seguimiento en tiempo real. Tras los test de detección, la tecnología ha sido primordial, ya que ha permitido ubicar y aislar a los enfermos.

También Hong Kong, Corea del Sur y Taiwán han empleado con éxito la tecnología y la innovación para combatir el virus con métodos de respuesta más efectivos.

Igualmente en Europa, ahora epicentro del contagio, las autoridades gubernamentales están apostando por el uso de aplicaciones, bases de datos y asistentes, entre otros procesos de inteligencia artificial. En España, la respuesta digital que se acaba de anunciar contra el virus incluye una web de información verificada, autodiagnóstico digital y una oficina del dato, entre otros programas.

Sociedad civil y entorno empresarial

A nivel ciudadano, la sociedad civil colabora en la lucha contra el virus recurriendo a distintas tecnologías en beneficio de la solidaridad y de la acción ciudadana, con el fin de aliviar la presión y la complejidad logística que esta situación de alarma genera.

Opciones de compra de bienes de primera necesidad, iniciativas vecinales para asistir a quienes no pueden salir de sus casas y acciones sin ánimo de lucro de toda índole, como ofrecer un plato caliente en los rellanos a colectivos que lo necesiten, celebración de cursos de relajación o de talleres infantiles confirman que ese otro mundo es posible a través de la tecnología.

También ha cambiado la actuación y el aspecto de las grandes marcas. La intervención de gigantes como Google, Facebook o Apple deja de circunscribirse al ámbito de sus operaciones tal y como las conocíamos. Frenar la propagación de fake news, recopilar datos útiles para la respuesta ante el coronavirus y mejorar el “clima” emocional de los usuarios ofreciendo una música más alegre son solo algunas de las actividades que han asumido estos días. Ese tipo de noticias convive ahora con naturalidad con el anuncio de una alianza de la OMS con Whatsapp para lanzar un sistema de notificación y recomendaciones sobre el coronavirus.

Igualmente sucede con la respuesta de empresas multinacionales como MAPFRE, que ha abierto su plataforma digital de salud, Savia, para atender consultas de posibles casos de Covid-19 y otras afectaciones, de forma gratuita, al conjunto de ciudadanos. Asimismo, otras muchas compañías dan acceso libre a sus contenidos digitales y ponen a disposición de los usuarios servicios que ayudan a mejorar sus vidas durante esta pandemia.

Houseparty y otros experimentos inéditos

El confinamiento ha abonado también el terreno para los experimentos inéditos en lo que a relaciones virtuales se refiere, tanto en el terreno profesional como el personal.

En muchas organizaciones, el teletrabajo ha mutado de utopía a realidad como garante de una mayor seguridad para los empleados, así como la proliferación de videoconferencias periódicas mediante Skype o Hangouts, de herramientas colaborativas (intranets, comunidades virtuales, almacenes de conocimiento, etc.), la aceptación de nuevas vías de consulta antes consideradas intrusivas (Whatsapp o Telegram) y la puesta en común no solo de proyectos, sino de preocupaciones personales.

Entre amigos, o con desconocidos, la última tendencia es Houseparty, la app más descargada de la cuarentena. Atrás quedó “en tu casa o la mía” porque la crisis del coronavirus ya solo aconseja fiestas y ocio en modo videollamada. Online, pero reuniones y juegos compartidos, al fin y al cabo.

La tecnología que en décadas anteriores apareció ante los ojos del mundo como una infraestructura fría y capaz de amenazar las relaciones humanas ha reducido, de forma drástica, la distancia que nos separa a las personas en los 180 países impactados hasta el momento, uniéndonos en torno a una libertad y normalidad suspendidas.

Viral, como su nombre indica

Los hashtag que el coronavirus ha generado (#QuédateEnCasa #EsteVirusLoParamosUnidos), sus derivadas cómicas y sus bulos se han vuelto virales. Han contagiado al conjunto de redes sociales sin excepción, siendo capaces de aportar una gran dosis de cotidianidad que permite a los usuarios mostrar facetas de sus vidas que antes permanecían ocultas.

Simples tareas domésticas, como la de un número uno del tenis mundial cocinando, o la organización de un concierto virtual en el salón de Alejandro [Sanz], son posts reverberados en las redes ante millares de ciudadanos que también atienden sus obligaciones desde casa. Este virus ha prendido como ningún otro hasta el momento en los canales de comunicación social y con más de 2.400 millones de usuarios en Facebook y más de 340 millones en Twitter.