José María Cancer Abóitiz, director general de CESVIMAP, realiza un artículo de opinión publicado en la web de MAPFRE, sobre cómo se ha transformado la movilidad y cómo cambaira la forma de compartirla.

Hace ya tiempo que, al referirnos a cómo es y será la movilidad, utilizamos el acrónimo CASE, que corresponde a que será Conectada, Autónoma, Compartida (Shared) y Eléctrica. Detrás de la idea de “conectada” se encuentra, en cierto modo, el “horror vacui” o miedo al vacío que parece hemos experimentado en los últimos años. Vivimos inmersos en un estilo de vida hiperconectada, que fuerza que nos hayamos habituado a conocer en cada instante qué ocurre en el mundo, qué sucede en el nuestro y a mantener la conexión digital con nuestros contactos en red.

Todo ello induce a tratar de mantener esa conexión durante los ratos en los que nos desplazamos en algún medio de transporte, generando no pocos riesgos de accidente por falta de atención a la conducción. Para garantizar la conectividad, los vehículos modernos incorporan comunicación bluetooth y wifi, permitiendo, así, un estado permanente de conexión a sus pasajeros, al estar en todo momento geolocalizados y, de quererlo, monitorizados.

 

Conducción autónoma o compartida

Con la ilusión de la posible “conducción autónoma”, muchos se imaginaban liberados, a muy corto plazo, de la necesidad de mantener la atención en el volante. Sin embargo, diferentes encuestas recientes han mostrado la falta de confianza de una parte importante de la población en la infalibilidad, a día de hoy, de las máquinas y sus famosos algoritmos a la hora de tomar el control de los vehículos en circunstancias reales de conducción en tráfico abierto. Parece que, ahora que tenemos más información de los avances reales de la tecnología, nos conformamos con una “ayuda” a la conducción y no nos sentimos tan cómodos con la idea de que una máquina suplante al hombre al frente del vehículo.

Pero, si algo ha cambiado la pandemia es la idea de una movilidad “compartida”. En plena instalación en la mente de todos de la necesaria “distancia social” para reducir las posibilidades de contagio, parece difícil que pueda triunfar la idea de compartir alegremente el medio de transporte. Esto se ha traducido en una disminución, en 2020, del uso del transporte público, un aumento de la circulación de vehículos con un solo ocupante o la proliferación de Vehículos de Movilidad Personal en las ciudades.

Un uso “Smart” de la movilidad

Pricewaterhouse Coopers hacía recientemente una interesante reflexión sobre este tema, en la que combinaba la movilidad conectada con la compartida, definiendo que la era post-COVID iba a hacer que la movilidad CASE pasara de “Shared” a “Smart”. Con esta definición, se alude, por ejemplo, a las enormes posibilidades que ofrece la conectividad de los vehículos para que lo compartido sea el vehículo y no el viaje, al ser conocedores de las necesidades de cada uno en cada momento, sus trayectos y destinos, etc. Se trata de un uso “inteligente” de la movilidad.

La pandemia cambiará la manera concreta en la que hacemos muchas cosas, pero nunca podrá vencer nuestra necesidad de socializar. Nosotros nos adaptaremos a las necesidades sanitarias, pero la movilidad, sin duda, se tendrá que adaptar a nuestras nuevas necesidades. Siempre que ha habido negocio, el mercado se ha adaptado a la nueva realidad. Siempre que la industria se ha adaptado a una nueva necesidad, se ha generado riqueza. Siempre que se ha generado riqueza, la sociedad se ha mantenido en movimiento. Nuestra obligación es conseguir que ese cambio se haga de forma “Smart” o provechosa para la sociedad en su conjunto y, además, “Shared” o accesible, válida y beneficiosa para la mayoría de sus individuos.